Our love is all of God’s money.

Ella  no creía demasiado en Dios, y yo tampoco.

De vez en cuando se despertaba

y me daba un beso

y se volvía a dormir.

 

Y yo no hacía ningún ruido,

aunque en el fondo esperaba que viniese una ráfaga de viento

a golpear la persiana

o que sonase el teléfono haciéndonos saltar del viejo colchón.

Porque me encantaban sus besos,

sobre todo cuando eran como islas,

pequeñas porciones de tierra alejadas de cualquier pretexto,

alejadas de las palabras,

de las miradas,

de la necesidad de compartir nada más que eso.

Sólo un beso,

y después otro,

y otro más.

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